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Dedos de Travesti
Ella nunca había pensado siquiera en los dedos de un travesti. La vida, con sus extraños giros, sin embargo, la llevó directo a ellos.
Era de noche y, junto a un grupo de amigos y su pareja, iniciaron lo que para ella era toda una aventura: adentrarse en una disco gay de ésas de vanguardia. Por esos años, la más codiciada era una de nombre apropiado, como un refugio de guerra pero en inglés, por supuesto; un antro capitalino de costosa entrada y renombre.
Entraron y todo parecía ser una gran bodega, de ambientación europea. Aprovechando la copa gratis, pidió un vodka naranja, luego otro y otro más. Y a bailar. Movía las caderas como si tuviera ligamentos de bombacha bien usada. Contorsionista: estaba hecha para eso.
Como ya se encontraba pasada de copas, dio gran espectáculo con su pareja, tocándola hasta en los más recónditos lugares, sin ningún temor al escrutinio. Nadie hubiera pensado que era su primera vez en una situación así, frente al público (porque estaba encaramada arriba de una tarima) y en un "lugar de ésos".
Más tarde bajaron de la tarima, porque la fiesta de espuma estaba por empezar. Se pararon justo en medio de un dintel de fierro, parecido a los de las piscinas. De pronto ¡Splash! El agua salía de todas partes hasta que cada uno de los asistentes quedó hecho una sopa. Luego la espuma le estaba llegando al cuello, a otros los tapaba enteros y a los menos les llegaba a la cintura.
La euforia le debe haber jugado una mala pasada, pues a poco bailar entre los espumantes, el recinto comenzó a darle vueltas y, aunque sofisticado, giratorio no era.
Decidieron salir de allí bien entrada la madrugada y se fueron, tambaleantes, a tomar un café.
Ella se sentó con la esperanza puesta en la cafeína pero no hizo más que empeorarle las cosas: ahora lo comido rugía por aparecer desde el mismo lugar por el que había entrado.
Como pudo subió las escaleras y buscó el baño. Ella no supo de dónde (nadie se preocupó tampoco) apareció una mina ultra producida y de fiesta. Abrió la puerta y le dijo que no se preocupara. Le dio su nombre y luego un escueto y bien dirigido "abre la boca".
La abrió, casi por reflejo. Entonces, sus ojos semi cerrados se espabilaron al ver cómo dos huesudos dedos de macho con largas uñas bermellón entraban por su boca, para empujarle la lengua e inducirle a botar lo que le revolvía el estómago.
"Listo, linda, misión cumplida y cúidate mucho: estos lugares no son para ti"












